domingo, 25 de septiembre de 2016

El arte del montaje

Sporting 0 - Barça 5


El hecho básico de que la yuxtaposición de dos planos por el simple procedimiento de pegarlos no es tanto una suma de ambos como una creación, es rigurosamente cierto.
Sergei  Eisenstein

Por si no se sabe, somos de esa clase de hinchas que ven los partidos de su equipo de cabo a rabo. Todo el metraje, hasta que se terminan los títulos de crédito y en el bar ya nadie mira para el televisor.

Vimos este en el irlandés del barrio. Al lado de un par de aficionados blaugranas que se fueron para su casa diez minutos antes de que acabase. El desenlace de la trama estaba más que claro, pero yo me quedé.

Cuando al fin pitó el árbitro el final, pensé que, si nos olvidábamos del último cuarto de hora de la primera parte y, más o menos, la media hora final de la segunda, la cosa no nos había ido tan mal. Lo terrible eran esos minutos. Comencé a fantasear.

Si nos permitiesen hacer el resumen de las imágenes del partido y dejásemos fuera todo lo ocurrido en esos minutos desgraciados, el vídeo que saldría nos dejaría bien contentos a los hinchas del Sporting. Habríamos acabado cero a cero y además se verían unas cuantas jugadas más o menos elaboradas, más o menos vistosas. Si pudiésemos quedarnos únicamente con esas pocas imágenes, habría sido un partido feliz. Nada que ver con lo que sucedió -también al margen de los goles que allí se marcaron- en el Calderón o Balaídos, que, se ponga como se ponga el entrenador, resultó bastante triste.

El comienzo fue intenso. El partido de los abrazos. Tal vez para subrayar los lazos de profunda amistad que unen a los dos equipos y a los dos entrenadores, se lanzaron los jugadores de nuestro equipo a darles grandes y cariñosísimos abrazos a sus escurridizos contrincantes. Abrumados por semejantes muestras de  afecto, el Barça se mostraba intrascendente. Luego Amorebieta despejó en semifallo, Arda tocó en largo de primeras, Lillo rompió el fuera de juego y... Fundido en negro.

La siguiente escena sería el comienzo de la segunda parte. Exterior día.

Comenzó bien el Sporting. Vivo a pesar de lo sucedido en la elipsis narrativa que acabamos de perpetrar. Tocó el balón, empujó al Barça, se cobró, incluso, varios saques de esquina. Se activaron Burgui, Moi, Sergio, Cases... Y Víctor Rodríguez dibujó un regate precioso dentro del área, ante Piqué, seguido de un tiro que sacó Ter Stegen a córner...

Nos gustaba lo que veíamos. Todo se acabó, sin embargo, cuando Lora llegó un segundo más tarde que Sergi Roberto -enorme jugador- a un balón que corría por la banda y lo atropelló aparatosamente... Segunda tarjeta amarilla y fundido en rojo.

Ese material final que nos habría gustado arrumbar en una esquina fue una pachanga. Tres goles más y la impresión de que habrían podido ser los que el Barça hubiese querido... The End.



 www.20minutos.es




jueves, 22 de septiembre de 2016

Nada

Celta 2 - Sporting 1

No hay razón para buscar el sufrimiento, pero si este llega y trata de meterse en tu vida, no temas; míralo a la cara y con la frente bien levantada.
Friedrich Nietzsche



Nos pareció tristísimo el partido de ayer. Casi tan triste como el bofetón del Atlético de Madrid, que nos dejó marcados cinco goles en la mejilla. Nos procuró este, como aquel, un gran sufrimiento.

Dicen las crónicas -que hemos leído por encima, de reojo y esta mañana-, que estuvo el Sporting gris, defensivo; que tuvo mala suerte; que mereció empatar y sumar al menos un punto; que se mostró el árbitro casero. Las hemos vuelto a leer -un poco más atentos, después de comer- por ver si nos consolaban un poco, por ver si nos persuadían de que no había sido para tanto. Pero no nos han convencido. Después de haber visto el partido no creemos que nuestro equipo estuviese gris, ni defensivo, ni mucho menos que tuviese mala fortuna o que hubiese merecido el empate. A nosotros nos pareció, simplemente, que el Sporting no estuvo. El Sporting, en Vigo, ayer fue un fantasma.

El fútbol es un deporte muy raro. Las cosas cambian de una manera sorprendente y los equipos se comportan, a veces, de un modo tan diferente de un partido a otro que más bien parecen una veleta que se mueve cada día según sople el viento.

Tras los primeros partidos parecía sensato pensar que había este año un equipo más cosido, más preparado para subir la pelota hasta el área contraria de un modo menos pasional y esforzado. Un equipo capaz de pasarse el balón sin angustias, de conservarlo cuando fuese necesario y llevarlo de un lado a otro con cierta pulcritud. Eso nos parecía. Luego llegó lo del Calderón, pero pensamos que ante Griezmann era razonable que ocurriese algo así. Pero llegó el partido de ayer, y el chasco ha sido tremendo. 

Ante un Celta melancólico y tristón, incapaz de forzar otra cosa que no fuesen saques de esquina, el Sporting -hay que confesarlo- jugó de un modo lamentable. La primera parte nos pareció tan desafortunada, que hubo momentos en los que llegamos a pensar que nuestros jugadores acababan de enterarse de la naturaleza de este deporte, de sus reglas, sus movimientos, sus peculiaridades. Fallaban los pases tan a menudo, se mostraban tan torpes en el momento de elaborar una jugada -que yo contase, con ese nombre solo podríamos calificar dos o tres-, que aquello resultaba desolador.

Vivía el Celta de los córners. Los dos primeros los remató de la misma forma: un jugador celeste solo y cómodo en el centro del área. La primera vez hizo una bonita parada Cuéllar; la segunda el balón salió desviado. Por qué razón no botaron el tercero del mismo modo, viendo la facilidad con que los remataban, es otro de esos misterios de los que hablábamos. Mientra tanto, el Sporting, nada.

Luego, en la segunda parte todo siguió más o menos igual hasta que se resbaló Lillo, un extremo del Celta -ya estaba tan aburrido que ni me fijaba en qué jugador hacía esto o lo otro- entró en el área con facilidad, pasó el balón atrás y un defensa remató a gol. Nos dolió como una herida abierta. Ahí, pensamos con fatalidad, se acababa el partido.

Sin embargo, sabemos de las extravagancias del fútbol. A pesar de lo que estábamos haciendo -repito, nada-, quién sabía. Los hinchas somos así de tarados. A pesar de las evidencias mantenemos las más vanas esperanzas. A pesar del sufrimiento que nos estaba procurando la contemplación del partido de nuestro equipo del alma, continuamos viéndolo. Y efectivamente, un defensa del Celta cometió un penalti. Lo lanzó Cop magníficamente. Sin hacer nada, volvíamos a empatar. Pensamos entonces que la cosa acabaría con ese resultado.

No fue así. Amorebieta, que está demostrando ser un buen defensa, decidió vivir peligrosamente y tirarse al suelo dentro del área. El árbitro pitó penalti. Tal vez lo fuese. También Aspas lo lanzó magníficamente. 2-1. Fin y tristeza y hasta el próximo partido..., contra el Barcelona.



www.mundodeportivo.com






domingo, 18 de septiembre de 2016

Atropellos

Atlético de Madrid 5 - Sporting 0


Yo creo que esa leyenda es inventada, que Goliat siempre le arranca la cabeza al infrecuente e inocente David mientras que está preparando el lanzamiento de su piedra

Carlos Boyero, en El País del día

¿Qué se puede contar de un partido así, un partido en el que desde el primer momento te atropellan sin piedad? Efectivamente, aún estábamos pasando revista a nuestras armas (Cop, Víctor Rodríguez, Burgui, qué tal lo haría Douglas...) cuando ya perdíamos dos a cero. Entró nuestro equipo al partido como quien decide cruzar la avenida más concurrida de la ciudad con el semáforo en rojo. Pasaba, en ese momento, un tráiler. Casi un suicidio.

Si pude soportar esta dolorosa derrota  fue gracias a la anestesia que me proporcionó un parroquiano del bar. Llegó diez minutos después de que el partido hubiese comenzado. Ya perdíamos de un modo incontestable. Comenzó a comentar el partido en voz alta, celabrando el juego del Atleti. En un momento dado me miró, solicitando mi aquiescencia. Para evitar malentendidos y por fidelidad a nuestros colores, le informé de que uno estaba allí por el Sporting. Lo celebró mucho. Me dijo que le encantaban los equipos del norte, sus campos, la mística de El Molinón, donde nunca había estado pero que había visto un día, de joven, desde un autobús... Y ya comenzó a hablarnos de esto y lo otro, de los años de oro del Albacete, de la zurda de Salazar, del dueño del bar, que era, me explicó, también un poco del Sporting pues, culé pasional, veneraba a Luis Enrique, y que hasta le había puesto el nombre de Lucho a su perro, y que lo llevaba tatuado en el tobillo (al perro, no a Luis Enrique)... Y así un buen montón de cosas, sin respiro y casi sin dejarme decir esta boca es mía (del traje que le hizo un día a Iniesta, pues es sastre y dueño de dos tiendas de moda masculina, en la calle Ancha; de su amistad con el padre del genial centrocampista de Fuentealbilla; del vino que hace este, muy malo según su opinión...), mientras se tomaba un chupito tras otro y ni siquiera miraba lo que sucedía en el televisor.

Yo sí, o al menos lo intentaba. Ya había marcado Griezmann su segundo gol, incontestable. Ha roto a jugar, este muchacho que podría protagonizar cualquier versión de El Principito, como los más grandes. Más que jugar, parece ir bailando, de puntillas, por el campo, destrozando a sus contrarios sin despeinarse y con música de violines.

Sin embargo, mi vecino de mesa continuaba charlando y contándome toda clase de cosas. De esta manera, aunque intentaba seguir el curso del partido, apenas me enteré de lo que sucedía. Unos minutos antes de que terminase lo llamaron por el móvil. Se enfadó un poco, alzó la voz.

-Ya voy, ya voy, todavía tengo tiempo...

Cuando colgó me explicó que tenía una boda en la catedral, pero que ya ves tú lo cerca que estaba, que en dos minutos se plantaba allí, y además que no era él el que se casaba, ni tenía otro papel en esa ceremonia que la de figurante... Mientras se quejaba de ese modo, sacó una corbata del bolsillo de la chaqueta, se la anudó con gran estilo y, hecho un figurín, se levantó y me alargó la mano, presentándose y despidiéndose al mismo tiempo.

-Me llamo A. Encantado de haberte conocido. Si vuelves por aquí, seguro que nos veremos.

Quedaban dos minutos para que acabase el partido. Perdíamos cuatro a cero. Aún dio tiempo para que nos pitasen un penalti y nos metieran un gol más. Ya no sentía nada. Me encontraba completamente narcotizado por la charla del sastre.


www.sporting.elcomercio.es

domingo, 11 de septiembre de 2016

Del sentimiento trágico de la liga

Sporting 2 - Leganés 1

El hombre es tanto más hombre, esto es, tanto más divino, cuanto más capacidad para el sufrimiento, o mejor dicho, para la congoja, tiene.

Miguel de Unamuno 

Lo decíamos en la entrada anterior y debemos repetirlo ahora: a la gente no le gusta el fútbol. En absoluto.  

Salí de casa rumbo a mi bar favorito, entre la esperanza y el miedo, a ver el partido, y me encontré con que aún estaban abriendo, limpiando las mesas y con las televisiones apagadas. Por la Feria, me dijeron. Que habían terminado muy entrada la madrugada y todavía no estaban preparados. Maldije la Feria y me fui de nuevo a la calle. Me encontré la misma escena en tres o cuatro sitios más. Iba ya desesperado. Cagándome en la Feria y en sus festejantes y en toda esa gente que asegura que le gusta este deporte y sin embargo tan solo sienten interés por la victoria de unos equipos que ganan prácticamente cada partido. Hinchas de unos conjuntos que se parecen más a una boutique de productos de lujo que a un verdadero equipo de fútbol. Adictos a la victoria. Yonquis de los goles, los campeonatos, los récords, los balones de oro, pero sin el más mínimo interés por este deporte. ¿Cómo es posible que nadie quiera ver, un mediodía dominical, un Sporting-Leganés?, me preguntaba mientras iba tropezándome con decenas de manchegos y manchegas, de todos los tamaños y todas las edades, ataviados con el traje regional y ramos de flores entre los brazos. Iban en dirección a la Feria. Finalmente, encontré un pequeño tugurio medio vacío donde tenían sintonizado un canal de vídeos musicales. Se mostraron muy amables, tal vez se dieran cuenta de mi desesperación, y cambiaron de canal, al del partido.

Sosegueme un tanto. Pedí un café. El partido comenzó trabado pero poco a poco el Sporting comenzó a jugar bien, incluso muy bien. Marcó un gol, gracias a una jugada limpia y a un fallo monumental de Mantovani, un central que trata de vencer a los delanteros despistándolos con un pelo teñido de un azul rarísmo. La jugada la dibujaron Moi y Lillo por la derecha. Se me fueron disipando mis cóleras. Si la gente prefería pasar la mañana subiéndole flores al camarín de la Virgen, allá ellos. No podía el Leganés con los nuestros, que se mostraban firmes, dominadores, agudos, finos. Llegó un segundo gol, tras otra buena jugada, esta vez por la izquierda, entre Burgui y Víctor Rodríguez, al que hiceron penalti. Lo lanzó, estupendamente, Cop. Me puse del mejor humor. No solo ganábamos por dos goles, sino que las sensaciones eran inmejorables. Del Leganés no había noticia alguna. Al acabar la primera parte éramos unos seres benéficos, preñados de bonísimos sentimientos. Llenos de esperanza.

Durante el descanso dimos en reflexionar y fantasear un poco. El equipo es, este años, mejor. Sin duda. La defensa firme, el centro del campo jugón, la delantera peligrosa y con gol. Los nuevos parecen todos estupendos. Bien Babin, brillante y veloz Burgui, trabajador y con olfato Cop, magníficos Moi y Víctor Rodríguez. Parece conservar el equipo el espíritu de las temporadas anteriores y además una calidad que nos faltaba. Hacía tiempo que no pasábamos un partido más plácido. Contra el Athletic también vivimos veinte minutos parecidos, y algunos más en Vitoria... Tal vez sea esta una temporada feliz, nos decíamos.

Pues no.

Comenzó la segunda parte y salieron los nuestros con la indolencia de quien se sabe ganador. Creció el Leganés, que dio uno de esos estirones que dan los hijos de los vecinos cuando llegan a la adolescencia y te sorprenden un día en el ascensor, irreconocibles y llenos de acné. Se hicieron con el balón como si se lo hubiese regalado su padre por Reyes y se lanzaron a por nuestros defensas con muy mala intención. Marcaron un gol a falta de media hora para el final y ya todo fue miedo y congoja. Nos volvimos trágicos y nos pusimos en lo peor. Todo anunciaba el desastre, el empate, quién sabe si incluso la mortal derrota. Faltas laterales, saques de esquina hasta el mismo final, rechaces de infarto... Nos acordamos de toda la filosofía existencial, de Kierkegaard, de Cioran, de Unamuno, de Sartre, de mi suegra -"La vida es una mierda" es uno de sus aforismos más célebres- y les dimos la razón... Lo pasamos fatal. Tan mal que ni siquiera el final y la certeza de la victoria nos tranquilizó. Salimos del bar muertos de miedo, pensando, con don Miguel, que "la vida es tragedia, y la tragedia es perpetua lucha, sin victoria ni esperanza de ella; es contradicción". Donde dice vida póngase fútbol, y también será verdad.


www.realsporting.com

martes, 30 de agosto de 2016

Dos momentos

Alavés 0 -  Sporting 0

La vida es un largo y gris aburrimiento en la que, de vez en cuando, se abren, brillantes, un par de momentos. Suelen durar muy poco.

Juan Requejo


Vi el partido en Úbeda. Un domingo de agosto, a esas horas, la ciudad era un espacio vacío y sofocante. Como si hubiese caído, unos momentos antes, una bomba de neutrones. Ni un alma en la calle, ni un coche, ni un sonido. Solo, cuando ya llegaba al bar donde presumía que sintonizarían el partido, en un heladería, media docena de supervivientes chupaban ensimismados, en silencio, por unas pajitas de colores, unos granizados.

El bar en el que efectivamente ya tenían la tele encendida es un bar bien bonito. Con aire acondicionado, con maderas oscuras y luces dulces y acogedoras. Se llama Casablanca y tiene las paredes llenas de retratos de actores y actrices del cine clásico americano: Marilyn, Greta Garbo, John Wayne, Marlon Brando, Ingrid Bergman... Yo me senté al lado de una pared donde lucían su mejor sonrisa Cary Grant, James Stewart y Gregory Peck.

Salvo esas presencias colgadas en blanco y negro de las paredes, y un par de camareros soñolientos, el bar estaba tan vacío como la calle. A la gente, en realidad, el fútbol le importa un pimiento. No les gusta. La inmensa mayoría solo tiene ojos para su equipo, uno de los dos grandes, y todo lo demás les resulta indiferente. A mí no. Uno es hincha acérrimo del Sporting, pero le gusta ver un partido de fútbol más que a un tonto un lápiz. Antes hasta nos parábamos en mitad de la calle si veíamos jugar a unos chiquillos. Ahora ya no porque los chiquillos ya no juegan en la calle.

Tras estas reflexiones melancólicas, me acomodé frente al televisor en el que ya se veía salir al campo de Mendizorroza a los jugadores. Hice unos cuantos gestos maniáticos para procurarnos un buen resultado y, como si se tratase de una película de densos diálogos a la que no se le puede quitar el ojo ni el oído, comencé a ver el partido.

Todas las crónicas profesionales coinciden en afirmar que fue un encuentro intenso. Eso por lo general significa que fue malo. Que fútbol hubo poco. Efectivamente, hubo más sudor que arte, pero sucedieron dos cosas que las temporadas pasadas no recuerdo haber visto. 

La primera ocurrió al comienzo. Tras unos primeros instantes de dominio local y unos cuantos disparos violentos de los jugadores del Alavés que se perdieron más o menos lejos de la portería, el Sporting nos regaló a sus aficionados unos minutos de dominio, jugadas rápidas y afiladas, varios saques de esquina y dos o tres oportunidades más o menos claras de gol. Inspirado Cuéllar, que le sacó un remate de cabeza a Deyverson, el díscolo delantero centro vitoriano; firmes los centrales -tiene muy buena pinta esa pareja de Meré y Amorebieta-; atentos los laterales, sin subir demsiado; y, sobre todo, finos, punzantes y hábiles los nuevos delanteros: Cop, Burgui y por encima, Moi y Víctor Rodríguez. Juegan rápidos, precisos y con muy malas intenciones. Una jugada fulminante por la izquierda, con regate de Víctor y tiro fallido, un cabezazo de Cop que se fue por muy poco a centro del mismo compañero, y, como fin de la pequeña fiesta, un lanzamiento desde fuera del área de Lillo, que sacó Pacheco, cancerbero local, con mucho estilo. Durante esos minutos seguimos el partido con una tranquilidad y un dulzor en la boca que hacía mucho que no sentíamos. Tal vez la suerte de nuestro equipo pase porque momentos como este sean más frecuentes y consigan sumar algún gol en el marcador. Porque luego todo volvió a lo de antes, al partido intenso.

La segunda parte comenzó y continuó igualmente intensa. Es decir, con poco que contar. Pero cuando faltaban diez minutos para el final, apareció el segundo momento importante y desacostumbrado. Durante casi cinco minutos, el Sporting se hizo con la pelota y la llevó de un sitio a otro sin que el Alavés pudiese hacer nada por recobrarla. Algo así yo tampoco recuerdo haberlo visto en el Sporting. Estaba ya en el campo Xavi Torres, que es uno de esos centrocampistas de los que uno espera cosas así...

Tampoco duró demasiado, pero como el caso del primer tiempo, tal vez prometa más días y más minutos de juego parecidos. Sería una gratísma noticia.

Al final acabó el partido con algún susto, pero salimos indemnes, que es de lo que se trata. En el Alavés me gustaron Theo, un lateral con mucho empuje, una fuerza de la naturaleza llamada Edgar y Llorente, un centrocampista dinámico e infatigable. 

Cuando salimos a la calle ya se veía a algún superviviente más por las calles...



www.futbol.as.com

lunes, 22 de agosto de 2016

Contra las costumbres

Sporting 2 - Bilbao 1

No hay mal que cien años dure

Refrán


Ni tampoco veinte ni veinticinco, que eran los años que el Sporting no le ganaba al Bilbao o iniciaba la Liga con una victoria. Las cosas, tarde o temprano, se rompen, cambian, se transforman...

Fue una tarde feliz en la que el equipo mostró seis cara nuevas, ganó al fin y jugó, más o menos, como siempre. Lo decía Lampedusa, a veces las cosas deben de cambiar para que todo siga igual.

Los primeros minutos sentí cierta orfandad. Sobre todo al no ver a Jony en la banda izquierda. Un pequeño vacío. Fueron momentos de juego enrevesado y poco vistoso. El Athletic, como el curso anterior, volvía a mostrarse como un equipo adulto, hecho, con una personalidad definida. Tal vez confiado en exceso en que la ocasión acabaría por llegar y se merendarían al Sporting de un solo bocado. De hecho, bien pudo suceder así si Aduriz no se llega a resbalar en una ocasión de esas que se apellidan manifiestas, a solas frente a Cuéllar. Pero resbaló y ese tropiezo fue como un aviso de que el partido iba a tener una trama más compleja. 

Así fue. A los treinta minutos Moi recogió un balón que acertó a pasar por su banda y metió un centro al corazón del área bilbaína, por donde llegó, ágil, veloz y desapercibido, el pequeño Víctor Rodríguez, el primer fichaje de esta temporada, que cabeceó bien, con intención. El balón se fue por escasísimos centímetros. Lamiendo el poste, acostumbran a escribir, golosos, los verdaderos cronistas deportivos. Y unos pocos minutos después, el mismo pequeño jugador lanzaba una falta que corría la misma suerte, otra vez sensual, acariciando el palo. Un jugador prometedor.

Sin embargo, era todo como la temporada anterior. Nos dominaba el contrario y nosotros nos defendíamos con orden y entereza pero sin el balón. Tan solo conseguíamos, como entonces, coser alguna jugada, atrapar un par de oportunidades que mantenían encendido el fuego de la esperanza.

Aprovechamos el descanso para hacer un repaso de los nuevos jugadores. Lillo, en el lateral derecho, firme y pragmático. No sube a atacar pero Susaeta no pudo nunca con él; muy bien Amorebieta, que promete ser la defensa antiaérea del equipo; Moi y Burgui, en los costados, aparecieron poco, pero se ve que son gente fina, de buen pie; Víctor Rodríguez, tal vez el mejor, habilidoso, rápido, con buen ojo; y Cop un buen delantero que parece bien dispuesto a hartarse a correr y a pegarse con las defensas contrarias.

Comenzó el segundo tiempo con el Athletic mandón, pero todo cambió en dos saques de esquina. En el primero, a favor del Sporting, se adelantó nuestro equipo con un remate soberbio de Cop. Tanto se sabe del poderío en esta clase de jugadas de los bilbaínos que yo creo que nadie se esperaba un gol de esta naturaleza. Imprevisto y emocionante, como una fiesta sorpresa. Y pocos minutos después, el segundo córner, este a favor del Bilbao. Despejó un defensa -seguramente Amorebieta aunque ahora no lo recuerdo-, le cayó el balón en el centro a Cop, que lo controló de espaldas, lo protegió como un hábil trilero ante el acoso del defensa, se dio la vuelta y lo lanzó hacia la izqueirda, donde corría Moi. Avanzó este un poco, los metros justos, y lo pasó de nuevo al centro, donde surgió, veloz y seguro, el pequeño Víctor Rodríguez, que controló, se acercó un par de pasos al borde del área y remató como un arquitecto traza una línea en un plano: preciso y quirúrgico hasta una esquina de la portería. Fue un contraataque tan hermoso como el remate del primer gol.

Para un hincha del Sporting, marcar un gol es una grandísima alegría, de manera que dos, y en tan breve tiempo, ya se pueden imaginar. Salté y grité como pocas veces.

A parttir de ahí el Sporting se desató y cobró un penalti, que fallamos, y un tiro al largurero de Burgui. 

Pudo haber sido una goleada, pero quizá haya sido mejor así, por no encumbrarnos más de la cuenta y que luego el trastazo sea peor y más doloroso. Los hinchas, ya se sabe, estamos llenos de supesticiones y manías. porque, si se piensa bien, ¿quién puede vivir sin ellas?

La cosa se calmó, el Bilbao lo intentó todo y, para no perder las buenas costumbres, se cobró un gol raro y un poco zarrapastroso, de esos que nos suelen marcar unos cuantos cada temporada. Afortunadamente, faltaba ya poco tiempo y se llegó al final sin demasiados sobresaltos.

No sé, tal vez me equivoque, pero creo que las cosas no van a ser muy diferentes este curso. Lo pasaremos mal, incluso muy mal, pero a pesar de tantos cambios, el equipo mostró las mismas virtudes de las dos temporadas pasadas. Y eso es algo que debemos celebrar tanto como la victoria de ayer. Sobre los defectos, ¿quién se acuerda de los defectos cuando se gana?





 Fotos de Ana Sarmiento, que sí estuvo allí

PD. De los gritos racistas que se escucharon en el primer tiempo y que obligaron al árbitro a detener el partido unos minutos, ¿qué decir? Es algo más que bochornoso. Se acostumbra a hablar de esta o aquella hinchada, y se las elogia como si se tratase de una sola persona. Pero esas aficiones son la suma de personas individuales, muchas de ellas muy poco recomendables. Hace tiempo que se sabe que entre los hinchas de los equipos se esconden las gentes más despreciables, durante mucho tiempo aduladas por los clubes y los medios de comunicación. La afición del Sporting, la que acude al campo y la que no -como es el caso- no es diferente. Es un hecho gravísimo que me llena de una enorme vergüenza.



mundodeportivo.com



domingo, 21 de agosto de 2016

Una nueva temporada

La previa


Añorar el pasado es correr tras el viento.
Proverbio ruso

Recibimos esta nueva temporada con la ilusión de cuando críos y la incertidumbre del adulto escarmentado. Rara mezcla. Antes de que las cosas sucedan, pensamos, las cosas pueden ser maravillosas. Luego pasan y..., en fin, la realidad suele rebajar con agua fría nuestras expectativas. 

A las puertas de esta nueva temporada soñamos con que el Sporting juegue espléndidamente y gane la mayoría de los partidos de un modo indiscutible, sin estrecheces ni agonías. Esta fantasía está sin embargo atravesada de dudas, miedos, temores... Porque sabemos que lo más probable es que continuemos sin jugar demasiado bien y que seguramente tendremos que aceptar la derrota como una costumbre y celebrar cada victoria como el hallazgo de una piedra en medio de un camino muy difícil. 

No sé. Se han ido jugadores importantes y queridos, han llegado otros. Ya no será el equipo de los guajes. ¿Será mejor lo nuevo? ¿Quién lo puede saber?

Se dice que el Sporting es un equipo que cuida la cantera. Puede ser, pero la cantera, este año, cuando ya se ha podido fichar, va a tener mucho menos protagonismo. Con la cantera, por obligación más que pore devoción, se subió a Primera y el curso pasado se mantuvo al equipo en la categoría. Esta temporada, en cambio, el equipo va a ser más variado. Se ve que la cantera no da para más. 

Hace más de veinticinco años que no se gana al Bilbao en El Molinón y veinte que no se comienza una liga con una victoria. Si el equipo se ha cambiado tal vez puedan mudar también otras cosas. Si estuviésemos en Gijón, hoy iríamos al partido. Pero no. Seguimos, como ayer, lejos de El Molinón.