viernes, 20 de mayo de 2016

Aquí una amigo

Sporting 2 - Villarreal 0

Los amigos que tienes y cuya amistad ya has puesto a prueba, engánchalos a tu alma con ganchos de acero
William Shakespeare

Amistades que son ciertas nadie las puede turbar

 Miguel de Cervantes

Después de una larguísima temporada, al fin alcanzó nuestro equipo el buen puerto de la decimoséptima posición, la última que te pone a resguardo de la caída libre a la Segunda División. Estuvimos a punto, pero finalmente no nos despeñamos. Principalmente, por la vocación con la que pelearon los jugadores cada partido, por la fe del cuerpo técnico y por un afición indesmayable y entusiasta que nunca los dejó solos y también creyó posible este pequeño milagro.

También nosotros, tan lejos, que vimos el partido, y nos comimos las uñas ante el silencio que llegaba de Sevilla, y celebramos los goles, los de El Molinón y también los del Villamarín, y saltamos como locos por la habitación, como salvajes, como hace más o menos un año... Todo un año para conquistar esta alegría. Un partido tras otro para llegar a esto, una crónica tras otra para conjurar el peligro cierto de la vuelta a la tristeza. Porque, ya podemos confesarlo, empezamos este blog con la confianza supersticiosa y ridícula de que, si perseverábamos en él, y contábamos cada semana, puntualmente,  los partidos de nuestro equipo, contribuiríamos, de algún modo misterioso, a su salvación, y podríamos escribir lo que ahora estamos escribiendo: la alegría del hincha.

Y qué vamos a contar del partido sino esta alegría tan grande. Al igual que sucedió ante el Eibar o el Sevilla, lo ganó quien más necesitado estaba de ello.

Se ha hablado mucho, tras él, de las declaraciones de unos y otros, de la actitud de este o el otro equipo, pero lo cierto es que cada minuto de esta liga el Sporting quiso demostrar que se merecía estar entre los mejores. A veces quiso y no pudo, pero jamás, ni un solo minuto, dejó de intentarlo. Es eso lo que le ha salvado, y no otra cosa. De todas formas, a los maliciosos -piensa mal y te equivocarás-, deberíamos recordarles que el Villarreal también perdió su partido anterior, en casa y contra un atormentado Deportivo de La Coruña, que también necesitaba los puntos. El Villarreal lleva ya un par de semanas con la cabeza en otra cosa, distraído y destensado. El Sporting, en cambio, jugó con fiebre y entusiasmo. Lo cierto es que ha jugado así casi la totalidad de los partidos de la temporada. Así ganó varios, empató muchos, perdió bastantes. Pero nunca le vimos bajar los brazos, incluso en las jornadas más funestas -recuerdo, por ejemplo, los partidos contra el Bilbao, o el Levante en casa-. A pesar de la juventud de la plantilla, a pesar de su inexperiencia, nunca le perdió la cara a la competición, nunca flaqueó -el partido contra el Getafe, por ejemplo, en Madrid-. Podría haberlo hecho. Habría sido incluso natural. Comprensible. Pero no lo hizo. El Sporting ha sido, este curso, un grupo de irreductibles. Ese esto, y nada más, lo que le ha salvado. 

Le han ayudado, eso sí, algunas circunstancias. Lo contábamos en la crónica anterior. Las circunstancias son importantísimas. En este caso fue la situación del Villarreal y la amistad sincera que nos profesa la hinchada bética. No vi el partido del Sevilla -yo estaba lejos de El Molinón-, y las crónicas son imprecisas. En una de ellas se comentaba que el Betis jugó andando, pero que el Getafe se vio superado por la tensión y que jugó mal. Lo que decíamos antes, las circunstancias. No lo sé. El caso es que la afición bética llenó el campo y nos dio ánimos, y puede que eso ensombreciese y encogiese a los madrileños. Tampoco lo sé. Sí sé que el Getafe nos tuvo enfrente una semana antes, y que incluso con uno menos no fue capaz de derrotarnos. Y que de haber ganado al Betis habrían sido ellos los que se hubiesen salvado.

El caso es que nos quedamos en Primera. De eso se trataba. En la medida de mis posibilidades, he tratado de estar, aunque tan lejos, cerca del equipo, como un amigo leal, para apoyarlo de la única manera que podíamos hacerlo: escribiendo estas crónicas. Alguien dijo que escribir la crónica de un partido es como volver a jugarlo. Puede ser. En muchas ocasiones nos tentó la idea de cambiar alguna de las jugadas, meter algún gol con el teclado, salvar algún punto en el ordenador. Preferimos mantenernos fieles a la realidad.

Acaba la temporada y también ponemos punto y final a nuestra tarea. A veces se compara al hincha con un amante, o se habla del equipo de nuestros amores, y no debe estar mal traído, pues no es raro que los hinchas nos comportemos como gilipollas. Sin embargo, a mí me gusta más contemplar esta relación como una amistad indestructible y fraterna. Para nosotros, esta del Sporting es una amistad de la infancia. Y si la amistad es alegría y gratitud, así nos sentimos los hinchas del Sporting hoy. ¡Puxa Sporting!


www.laliga.es


martes, 10 de mayo de 2016

Las circunstancias

Getafe 1 - Sporting 1


Estamos en manos de las circunstancias. Las circunstancias, al fin, acaban por explicarlo todo. Nosotros y nuestras circunstancias. Etc., etc. Cualquiera de las frases anteriores nos habría servido como cita de esta penúltima crónica. Son lugares comunes, y como todos los lugares comunes encierran un porcentaje, mayor o menor, de verdad. Depende de las circunstancias en que se pronuncien. 

A estas alturas de la temporada, pienso que ya se puede decir. Pase lo que pase el domingo que viene, la temporada de nuestro equipo habrá sido espléndida. En semejantes circunstancias, con el peligro cierto del descenso, ningún otro equipo del campeonato podría decir lo mismo. En el caso del Sporting, sin embargo, son las circunstancias las que hacen de lo sucedido, y de lo que queda por suceder, un hecho admirable. Si nos atenemos a las circunstancias, llegar al último partido con posibilidades de mantenernos es algo ciertamente prodigiosos y, por lo tanto, digno de admiración y aplauso. Que con una plantilla tan joven e inexperta, aún sin madurar, más el castigo de la Liga Profesional, más unos dirigentes que no han demostrado ser mejores que los demás..., que con toda esta suma de particularidades el equipo siga vivo a estas alturas, resulta milagroso. El partido de Getafe fue un resumen exacto de todo esto que estamos contando. Si alguien no ha seguido la temporada del Sporting, el partido del domingo pasado fue, sin duda, un compendio exacto de todos los avatares que le han sucedido al equipo en las treinta y cinco jornadas anteriores. Y una prueba, la más perfilada, de su carácter.

El domingo, un puñado de futbolistas imberbes se enfrentó a la posibilidad cierta de despeñarse a la Segunda División en un partido contra un rival directo y fuera de casa. Esto último, todo hay que contarlo, pesó menos, pues cuatro mil hinchas los acompañaron, además de la lluvia, que también es  humana compañía y pienso yo que debe contar. A pesar de ello, lo normal habría sido que nos pasasen por encima. No fue así. Pudimos ganar, pudimos perder -es lo que tiene el fútbol, a no ser que empates, que fue lo que finalmente sucedió-, fue un partido a corazón abierto, jugado en un alambre a mil metros de altura, en un trapecio en lo más alto y sin red. El que hubiese perdido se habría ido directo a la morgue. Fue un partido sin juego pero, como no podía ser de otro modo dadas las circunstancias, entretenidísimo. Lleno de emociones. Lo seguimos con el corazón en la boca.

Y poco más deberíamos decir. Solo que al comienzo nos martirizó el Getafe desde las esquinas, con Sarabia -con ese nombre tiene que ser un gran jugador- y Pedro León tratando de buscar las costuras de nuestra defensa por ver de descoserlas. Surgió entonces Luis Hernández, imperial y ubicuo; y Cuéllar, que lo paró, esta vez, casi todo; y supieron sufrir Lora e Isma López el castigo, con la ayuda de Cases y de Sergio.

Luego, ya en el segundo tiempo, vino el saque inglés de Luis Hernández, que no ha prodigado mucho esta temporada. Pero no llegaba el Sporting, y esa era una manera tan buena como cualquier otra de colocar un balón en el área del contraria. ¡Y qué manera! Se desordenó la defensa del Getafe a causa de esa pelota caída del cielo, se convirtió su área en el patio del colegio en el recreo, el balón desquiciado de aquí para allá y todos tras él como locos... Trató de domarlo Carmona con el pecho, pero quien lo cazó, de un modo contundente y acrobático, fue el siempre abnegado Sergio Álvarez, que lo colocó en la red del Getafe como si hubiese cazado un rarísimo ejemplar de mariposa.

Saltamos como locos en el salón, nos vimo salvados, estuvimos a punto de aumentar la renta en un par de jugadas, el contrario se mostraba confuso, anonadado... Hasta que el árbitro expulsó a Cases, y nos temimos lo peor.

Lo peor habría sido perder, y eso no llegó a ocurrir, pero a partir de ese instante el asedio fue total y completo, por tierra, mar y aire -sobre todo por aquí-. No se denfendió mal nuestro equipo, hasta que apareció Scepovic. Desde el momento en el que entró al campo quedó bastante claro que nos marcaría un gol. No porque jugase especialmente bien, sino porque es, este del gol del exjugador y excompañero, un clásico del fútbol ... Efectivamente, en un ataque áreo, empató el Scepovic. Faltaban, más o menos, diez minutos. A partir de ese momento, se lanzaron los dos equipos a matar o morir, sin mirar atrás, los dos en el almabre, sin miedo. Abandonaron las trincheras a pecho descubierto. Hubo oportunidades para unos y otros, al borde del abismo los dos, bajo la lluvia y los cánticos de la hinchada del Sporting... Nos queda una bala. Las circunstancias dirán...


www.sporting.elcomercio.es





domingo, 1 de mayo de 2016

La necesidad

 Sporting 2 - Eibar 0

Por nuestra necesidad lo poco es mucho

Quevedo

Dicen las madres - sin duda la voz más autorizada sobre prácticamente cualquier asunto de la vida corriente- que es muy importante merendar, porque si no lo haces, llegas a la hora de la cena con un hambre canina, y comes demasiado, y eso, antres de acostarse, no es bueno. Bien. Pues así también en el fútbol, en el largo día de una temporada de fútbol. Conviene comenzar bien, sumando los puntos necesarios para no desfallecer en las primeras cuestas, que suelen ser las más empinadas; mantener la regularidad a mitad de temporada; sacar algunos puntos después y de este modo llegar a los últimos partidos con los deberes hechos, de tal modo que aunque no ganes a nadie, da lo mismo porque ya está el equipo salvado.

Este es el modo de vida que suelen llevar los equipos que navegan serenos en mitad de la tabla. Un buen comienzo, un regular desarrollo y un final intrascendente y aburrido. Se dan, naturalmente, algunas excepciones: equipos con pésimos principios que de pronto se transforman y terminan tan lozanos y frescos que, si por ellos fuese, la liga se prolongaría un par de meses más; y otros que, en cambio, tras unos comienzos prodigiosos, dilapidan toda su fortuna al final, como viejos aristócratas que, de viejos, gaiteros, se pulen el patrimonio familiar en el juego y las mujeres. 

Pero lo normal - la vida de los equipos olímpicos y ricos resulta otro cantar- es lo que comentábamos en el  primer párrafo. Si no consigues hacer eso, la vida será dura, tu estómago se resentirá y no dormirás bien por las noches.

Así ha sido para el Sporting. Por hacer un resumen, ahora que ya solo quedan dos partidos, desayunó sin grandes alardes, la comida fue frugal y se saltó la merienda. Por eso ha llegado al final con hambre feroz.

Solo así, a causa de este estado de necesidad, se explica la victoria del viernes. El Eibar demostró ser mejor equipo pero sin la necesidad que tenía el Sporting. Demostró el cuadro armero que quería también la cena, y compitió muy seriamente. Sin embargo, el que de verdad la necesitaba era el Sporting. Y se notó.

Se notó al comienzo, cuando cada balón recuperado lo perdía en apenas dos pases, comido por la ansiedad. Así las cosas, el Eibar movía el balón de un lado a otro con limpieza, dominando el partido y acumulando faltas a favor, cada vez más cerca del área de Cuéllar. Torpe y sin argumentos el Sporting, vimos cómo Peleteiro, un jugador de clase, se quedaba dos veces solo ante nuestro portero, que si se salvó fue por que el primer tiro le salió desmayado al talentoso delantero, y en la segunda ocasión se le adelantaba un poco la pelota y permitía a Cuéllar tapar el disparo y desviarlo a córner.

Luego trancurrieron unos minutos en los que no pasaba nada, que es cuando suelen pasar las cosas. Efectivamente, con Cases fuera de sitio en la izquierda, le filtró un pase a Jony y sacó este un centro precioso al que llegó Carmona, como la caballería en las películas del Oeste, al galope, para salvarnos a todos de las necesidad y el hambr.

Así terminó la primera parte.

Salió en la segunda el Sporting más tranquilo, si no saciado, al menos aplacados los ruidos estomacales y las angustias. Movieron piezas los entrenadores: salió Borja Bastón -un delantero lujoso- por el Eibar, y Carlos Castro por Halilovic. ¿Quién estaría acertando?, nos preguntamos, ¿Abelardo o Mendilíbar? Si miramos el resultado final, se diría que Abelardo, pero si nos fijamos en lo que ocurrió tras esas sustituciones, no está tan claro. Tras unos momentos en que volvió a no ocurrir nada, se espabiló el Eibar y Enrich lanzó un tiro venenoso. Cuéllar desvió el balón levemente, tocó en el poste de la portería y, en lugar de irse lejos de esta, se giró hacia ella y se paseó por la raya de gol como si quisiese matarnos de un infarto. Fue, no me cabe duda alguna, un pequeño milagro. Comenzó a cantar El Molinón.

Volvió nuestro equipo a perder el balón y comenzó a jugar al rugby: patadas a seguir, balones en lo más alto de la noche gijonesa, y Jony o Álex Menéndez corriendo como posesos a ver si conseguían atrapar alguno y hacer un ensayo... Y lo consiguieron, con la colaboración de un defensa que midió mal al tratar de despejar una de esas pelotas caídas del cielo. La recogió Jony, enfiló hacia los tres palos, y ensayó...

Gracias a esta jugada pudimos terminar el partido más o menos tranquilos -a pesar incluso del gol anulado al Eibar, probablemente legal-. La necesidad nos dio la victoria y la necesidad tal vez nos lleve a una cena que, contra la opinión de las madres, nos sentará maravillosamente. ¿Quién sabe?



 www.marca.com



domingo, 24 de abril de 2016

Sin compasión

Barça 6 - Sporting 0


El Barça es imbatible, pero eso no basta para ganar siempre

Juan Tallón

Hoy es el día más hermoso de nuestra vida, querido Sancho; los obstáculos más grandes, nuestras propias indecisiones; nuestro enemigo más fuerte, el miedo al poderoso y a nosotros mismos; la cosa más fácil, equivocarnos; la más destructiva, la mentira y el egoísmo; la peor derrota, el desaliento; los defectos más peligrosos, la soberbia y el rencor; las sensaciones más gratas, la buena conciencia, el esfuerzo para ser mejores sin ser perfectos, y sobre todo, la disposición para hacer el bien...

Cervantes


Venceréis pero no convenceréis

Unamuno


Quiso la familia salir un rato a tomar algo. Puse mis condiciones: un bar con televisión. Elegimos el irlandés del barrio. Mientras la familia se tomaba algo, yo sufriría viendo el partido. Había un ambiente muy bueno. La gente tomaba sus cañas y sus tapas, charlaba animadamente y miraba distraída al televisor. Los aficionados del Barça porque sabían lo que iba a pasar y los del Madrid por lo mismo. Yo no, yo mantengo una fe ciega en los imposibles. (Del Atleti, como siempre, no vi a nadie).

Hace años, cuando Guardiola irrumpió como entrenador para pasmo y admiración del mundo, perdió el primer partido en Soria, contra el Numancia, y empató el siguiente, en el Nou Camp, ante el Santander. El tercero, en El Molinón, nos ganaron 1-7. También lo vi en la tele, rodeado de seguidores culés. Así que a uno ya no le amedrenta nada.

En esta ocasión la sangría sucedió al final, en el segundo tiempo. En el primero jugó mal el Barça y muy bien Guerrero y Pablo Pérez, que aguantaron los balones llovidos del cielo que les enviaban los defensas, y les metieron el miedo en el cuerpo a los aficionados culés y a los comentaristas partidarios. En el minuto diez, por ejemplo, tuvo una ocasión clarísima Álex Menéndez, que si no aprovechó es porque le llegó el balón a su pierna derecha y un poco atrás. Yo jaleaba a los míos -a los del Sporting, quiero decir, que la familia no me hacía ni caso-. Según P., que estaba a mi lado, en el bar todos me estarían suponiendo seguidor del Madrid, porque quién se iba a imaginar que pudiese haber un sportinguista allí dentro. 

Ante equipos como estos, tan olímpicos y encumbrados, dicen los expertos que no se pueden perdonar ocasiones como esas. Deben de estar en lo cierto, porque dos minutos más tarde marcó Messi, en una jugada rara. Todavía estamos preguntándonos por qué razón no cogió el balón Cuéllar. En lugar de blocarlo, que le llegaba de frente y franco, lo palmeó muy flojo, dejándolo a merced del monstruo argentino. Tal vez fue por miedo a una patada de Suárez, que andaba por medio y que, efectivamente, se la dio. Bien podía haber pitado el árbitro falta. Pero no lo hizo, anunciando ya en esa decisión su falta de sensibilidad, de empatía con el débil y de compasión. 

Si en algo falló Cuéllar en esa jugada, se redimió después con un par de paradas de mucho mérito. El árbitro, en cambio, en lugar de enmendarse, porfiaría en lo suyo.

Siguió este tiempo sin mucho sobresalto. Se defendían bien los nuestros, muy bravo Vranjes -a veces demasiado-, la pareja de centrales se mostraba firme, muy puesto Isma López, mientras que los centrocampistas ayudaban a achicar con criterio y bien colocados. Además, Guerrero se llevaba cada balón que le llegaba, aunque fuesen estos pocos y difíciles, lo mismo que Pablo Pérez, que se hartó a bajar pelotas de los desvanes donde se las ponían, y Halilovic condujo un par de contras con la clase que se le conoce cuando no se ofusca. Tuvimos, antes de la llegada del descanso, otras dos ocasiones meridianas: otra vez un remate de Menéndez y un pase desde la derecha que se paseó al filo de la línea de gol...

La familia decidió volver a casa. Al salir, llovía a mares. En casa ya había comenzado la segunda parte. Continuaba el Barça melancólico y lento. Protestó el público y tomó cartas en el asunto Messi. Como si se hubiese despertado en un letargo, un ensimismamiento o una siesta, se puso a zumbar y ya no hubo sosiego. Salvó un gol cantado Cuéllar pero ya no pudieron hacer, ni él ni el equipo, nada. Ante tal monstruo de la naturaleza, qué se puede hacer. El Sporting había intentado el triunfo en el Camp Nou, como Cervantes con sus comedias y entremeses en los corrales, pero llegó Messi, como Lope en su tiempo, y se acabó lo que se daba.

Lo que no se entiende es la colaboración del árbitro. No discuto la veracidad de los penaltis, pero con el resultado que había, pitar tres en menos de diez minutos nos pareció un acto de inhumanidad innecesario. Más que un árbitro parecía un coleccionista de penas máximas, desesperado por batir un récord. 

El público, por su parte, se puso a hacer la ola. Tampoco lo entendimos.

Y tampoco el ensañamiento del Barça. Habría que decirles que, por mucho que marquen ocho goles en un partido y seis en otro, los puntos que gana siguen siendo los mismos. 

En fin, que nos derrumbamos y no encontramos, en el partido de ayer, ni un gramo de compasión.



www.20minutos.es

viernes, 22 de abril de 2016

Citius, altius, fortius

Sporting 2 - Sevilla 1

Mirar lo que está pasando impide ver lo que no pasa, es decir, lo que nunca deja de pasar.

Azaña


Incluso por la televisión imponen los jugadores del Sevilla. Altos, atléticos, poderosos, podrían  dedicarse también al baloncesto, al fútbol americano o a los pases de modelos. De manera que en directo, desde las gradas, impresionarán aún más. Y no me imagino lo que pensarían al salir al césped gentes como Lora, Isma López, Halilovic, Nacho Cases o Meré, bravos jugadores sin duda, pero que no se distinguen precisamente ni por su altura ni por lo cuadrado de sus espaldas, al menos aparentemente y desde la distancia de una retransmisión televisiva.

Además de esas cualidades físicas, a nadie se le escapa que al Sevilla le adornan grandes virtudes técnicas. Componen, esos gallardos jugadores, un muy buen equipo de fútbol. 

El partido fue, al menos al comienzo, una lucha desigual entre los físicos y sofisticados jugadores andaluces, que llegaban trenzando artísticamente las jugadas, y con peligro evidente, al área de Cuéllar, y nosotros, los aguerridos astures, que lanzaban balones largos contra el área contraria. Balones que se estrellaban contra los acantilados de mármol de la defensa sevillista, como las olas rompen contra estos y se deshacen en espumas... Le pasó a Jony un par de veces antes de que el lateral dercho de ellos, un tal Mariano, se colase velocísimo por su banda y pusiese un centro al área que desvió ligeramente Segio Álvarez y le cayó a los pies de Iborra -enorme y habilidoso-. Remató este limpia y sabiamente, allí donde Cuéllar no podía llegar de ningún modo.

Llovía a cántaros sobre El Molinón, y nos entraron ganas de acompañar a esa lluvia con nuestras lágrimas. Todavía era el minuto siete, y ya parecía que nos iban a amortajar.

Abandonó entonces el Sporting esos ataques larguísimos y áreos y decidió explorar los caminos de tierra. Comenzó a jugar a ras de hierba y dibujó unas cuantas jugadas de billar muy meritorias. Se cobró unos cuantos córners y empujó a los atléticos adonis sevillistas hacia el borde de su área. Esta parece ser, afortunadamente, la divisa de nuestro equipo: "Ante la adversidad, no rendirse jamás".

Así las cosas, la marea sportinguista, alentada por esa mareona tan famosa, comenzó a subir cada vez con más fuerza hasta que en el minuto veintiuno consiguió erosionar el lado derecho de la defensa sevillista y cantamos el gol del empate. Fue, como tantas veces, una incursión de Jony, que pisó el área con saña y centró venenoso. La pelota dio en un defensa polaco enorme y de nombre impronunciable, y se coló en su portería.

Se molestó el Sevilla y amenazó con unas cuantas jugadas de mérito; contestó el Sporting presionando bien, robando el balón con mayor frecuencia de lo que es habitual ante estos equipos principales, y asomándose al balcón de su área con cierta regularidad. Acumuló algunas oportunidades meridianas el equipo andaluz, remató desde el borde del área tres veces, tal vez hubiese algún penalti por agarrón evidente a unas de esas torres que juegan de delanteros -¡qué planta la de Llorente!, ¡qué árbitro tan compasivo!-, pero se llegó al fin del primer tiempo sin sufrir más herida que aquella tan temprana.

Nos fuimos a cenar, para hacer acopio de fuerzas, pues barruntábamos que la íbamos a necesitar, tantas o más que los propios jugadores.

Efectivamente, la segunda parte fue también movida y exigente. Llegaban unos y otros, más claramente los sevillistas, aunque fue Sanabria quien estuvo a punto de marcar el gol al llevarse un pase largo y, solo ante el portero, intentar una vaselina que, desafortunadamente, se le fue algo alta.

Fue una lucha noble y esforzada entre unos gigantes finos y unos críos indomables y poseedores de una fe ciega. Paró algunos balones difíciles Cuéllar, falló algunos goles fáciles Llorente. Luego, entró Banega... Eso nos produjo, confesémoslo, cierto miedo. Lo tenemos por un jugador excepcional. Uno de esos magos capaces de hacer esfumarse el balón entre sus pies y hacerlo reaparecer entre los de su delantero centro, solo ante el portero. Pensamos que ya no íbamos a oler la pelota. Es un caso de jugador problemático y artista. Se le conoce un comportamiento rarísimo en la vida cotidiana -una vez se atropelló a sí mismo y con su propio coche en una gasolinera-, pero en el campo de fútbol es un hombre ejemplar. Actúa como cualquier entrenador desearía.

Sin embargo, no fue así. Banega se difuminó con la lluvia y el partido continuó por donde había discurrido, abierto y entretenidísimo, con oportunidades para unos y otros. Fallaron Ndi y Carlos Castro y si no marcaba el Sevilla solo se puede explicar porque en el fútbol, a veces, los milagros se producen de un modo natural. Incluso los milagros dobles, como los güisquis en las viejas películas. En el descuento, cuando ya el partido y el Sporting morían sin remisión, Isma López marcó un gol. Puede que dé la impresión de que en esta vida siempre vencen los más poderosos, pero no debe de ser así. Algo hay en los débiles y menesterosos que los hace seguir a flote mucho, mucho más tiempo de lo  que uno habría imaginado. Y nunca se sabe hasta dónde pueden llegar.


www.estadiodeportivo.com

domingo, 17 de abril de 2016

Hasta el último minuto

Las Palmas 1 - Sporting 1

Los aficionados somos individuos propensos a la quimera. Nuestro temperamento combina la  facilidad para ilusionarse de los chiquillos y la capacidad de encajar golpes de los malos boxeadores ucranianos. Carecemos de todo sentido práctico y nuestra pasión es un castillo de naipes mil veces reconstruido.

Pablo Martínez Zarracina


La bomba hace ya varias jornadas que hace tic-tac en nuestros oídos. Una temporada irregular y desafortunada activó el explosivo y ahora -Abelardo dixit-, perder ciertos partidos -digamos que todos los que quedan salvo el del Barça, que se da por descontado- viene a ser como si el artificiero se confundiese de cable y cortase el que no debe, provocando la explosión y el desastre: la vuelta a la Segunda División.

El de Las Palmas se adivinaba complicado. Juega tan bien al fútbol ese equipo, dirigido con el buen gusto que siempre ha demostrado su entrenador, que llevaba hasta ayer seis victorias en los siete últimos encuentros. Con la salvación en la palma de la mano, jugaría no solo bien, sino relajado. 

Y así fue durante casi toda la primera parte, periodo que comenzó además con un gol tempranísimo, en un fallo defensivo de nuestros muchachos. Bigas, el defensa que remató de cabeza, lo hizo de un modo tan libre y desahogado, que aprovechó el golpeo para arreglarse el flequillo. Sin despeinarse. 

Comenzar de este modo un partido trascendental, a un equipo corriente lo descompondría lo indecible. Lo normal sería una cómoda victoria del equipo goleador. Pero no. El Sporting puede tener un montón de defectos -los tiene-, pero está muy lejos de ser un equipo cualquiera. No se rinde jamás y encaja los golpes con el estoicismo de un fraile cartujo. Eso, no me cabe duda alguna, es lo que nos mantiene vivos. Como si no hubiese sucedido nada, trató de jugar el Sporting su partido, defendiéndose con gallardía y orden ante el juego paciente, aseado y brillante de los canarios -sobre todo de Viera-, tratando de atacar por uno y otro costado y acumulando córners como si estuviese sumando cupones del supermercado para conseguir un buen descuento a fin de mes. A defendernos nos ayudó el juez de línea, que vio un fuera de juego donde tal vez no lo hubiese y nos salvó del segundo gol; por su parte, los córners resultaron estériles, y hasta alguno hubo que se transformó en un contraataque del contrario. 

Llegamos así al segundo tiempo, con Halilovic en el campo, a ver si iluminaba un poco el camino al campo contrario. Nada más comenzar este tiempo, tras uno de esos córners-boomerang, salvado con pericia y sangre fría por Isma López cuando ya se plantaban dos jugadores de Las Palmas solos frente a Cuéllar, lanzó este el contraataque del contraataque, un pase largo con la mano hacia Jony que, con esa vocación suya de francotirador solitario, de extremo a la antigua, se dirigió vertical hacia la portería de Javi Varas, como si jugase él solo contra todas las defensas del mundo. Una jugada tan larga como la frase anterior. Consiguió llegar hasta el área, entró en ella y disparó un tiro raso y seco, esquinado, venenoso. Gol. Habíamos empatado. Sin falta de jugar demasiado. 

Se quedó un poco confundida la defensa de Las Palmas, tanto que tres minutos más tarde, Halilovic encontró un enorme agujero en el centro del área y dejó solo a Sanabria ante el portero. Sanabria va a ser, a no tardar, un delantero de lujo. Tal vez ya lo sea. Le ha dado al Sporting unas cuantas buenas tardes y un buen número de goles. Pero de lo de ayer seguramente se acordará toda la vida, pues es difícil que vuelva a fallar un oportunidad como esa. Es más, es posible que, aunque le quedan muchísimos goles que marcar en su carrera, sea la de ayer la oportunidad más clara que tendrá jamás. La falló.

No pasó nada, sin embargo. Ya queda dicho que el Sporting es un equipo impasible ante las desdichas. Británico, inmutable. Siguió intentándolo, obligó a Las Palmas a jugar en largo, Halilovic estuvo a punto de lograr un gol y dejó, para los gourmets y exquisitos, un túnel maravilloso en la esquina derecha del área canaria. Para entonces ya jugaba el Sporting en el alambre, sin pértiga ni red, con la defensa en el centro del campo. Quemábamos las naves. Fueron momentos de grandes despropósitos. Se jugaba mal. Sin embargo, nos parecieron épicos y memorables. Hasta el último minuto.



 www.mundodeportivo.com



lunes, 11 de abril de 2016

Nolito´s corner

Sporting 0 - Celta 1

Mi padre me enseñó a rellenar siempre dos columnas de apuestas; una para ganar, en la que si hacía falta apostabas contra tu equipo, y otra para dormir bien por la noche mientras te decías que el dinero no lo era todo, y que por encima de esto estaba el club

Juan Tallón

Hay cosas que no pueden ser, incluso en el fútbol. Habrá un momento, tal vez, en que el aprendiz supere al maestro, pero antes de ese instante, el maestro probará su maestría y el aprendiz su falta de ella. Así en el fútbol, así en el partido de ayer. El Celta, hoy, está sobre la tarima del viejo aula, trazando paredes y limpias geometrías en la pizarra, mientras nuestro equipo se encuentra sentado en un pupitre, tomando nota. El sábado, en la administración de lotería, con todo el dolor de mi corazón, le puse un dos al partido.

A no ser que suceda un cataclismo, se abran de pronto los suelos, o el equipo contrario se desplome sin remedio, ante ciertos contrarios el Sporting puede hacer poco. Lo hace, ese poco, lo intenta una y otra vez, sin desmayo, y, como se trata de fútbol, hay días en que el cataclismo se produce -contra la Real Sociedad-, las tierras se abren - contra el Valencia, en Mestalla- o el adversario, de pronto, desfallece - contra el Atlético de Madrid, en El Molinón, hace bien poco-. En casos como esos, sí podemos alcanzar la victoria ante los maestros. El sábado, en la administración de lotería, le puse un uno al partido.

Ahora bien, si esos prodigios no suceden, entonces no hay nada que hacer.

Como ante el Celta. Hoy el Celta es un equipo hecho y derecho, muy bien hecho. Firme, sólido e imaginativo. El Sporting, en cambio, es un equipo en periodo de formación, que va madurando tal vez demasiado rápido, tratando de sobrevivir al mismo tiempo que va haciéndose con los trucos del oficio. Maestro contra aprendiz, el partido resultó, si no brillante, sí admirable.

Entró mandón, como le correspondía, el maestro, guardando el balón hasta que conseguía arrimarlo al área. Creó así, en esta primera parte, cuatro o cinco ocasiones de gol. Meridianas. Un par de ellas las organizó, desde su esquina, Nolito. Es un jugador curioso este. Un jugador con un hábitat muy preciso. Nolito es una especie de delantero que vive en la esquina izquierda del área contraria. Vive allí muy tranquilamente, como si estuviese ocioso y fumándose un pitillo, esperando que le pasen la pelota. Cuando esto ocurre al fin, arroja el cigarro al suelo, baja la cabeza y se ocupa de buscar la diagonal más alejada del portero para clavar el balón en la red. Afortunadamente, en esta primera parte no consiguió colocar la pelota donde suele.

Por su parte, para demostrar que pude progresar adecuadamente y mantenerse en Primera, el Sporting también dibujó alguna jugada peligrosa. Esbozos más bien, esforzados ejercicios de apertura a las bandas que acabaron, lamentablemente, en nada. Fueron pocas las jugadas de esta clase porque, a diferencia del Celta, al Sporting le cuesta guardar el balón. Salvo Sanabria, el resto lo malgasta como esos críos manirrotos a los que les quema el dinero en las manos y, en cuanto les cae un euro en ellas, se van al quiosco a gastarlo en chucherías.

Aún así, este primer tiempo concluyó con un centro de Jony desde la izquierda que remató, solo en el punto de penalti, Sanabria. Fuerte y con intención, pero, ya sea porque venía el pase muy alto, o por no girar lo suficiente el cuello, o por las dos cosas a la vez, el caso es que se perdió, ese remate final, por encima del larguero.

Comenzó la segunda parte con dos jugadas en las que el Celta amenazó con meterse con la pelota en la portería de Cuéllar. No lo logró, y contestó el Sporting con un par de jugadas, primitivas, sí, más de rugby que de fútbol, de patadón y balón a seguir, pero que nos acercaron la portero gallego. Terminaron, también, en nada. Volvió sin embargo el Celta a darle la pauta con dos o tres jugadas limpias y, como si al fin hubiese entendido la lección, elaboró nuestro equipo tres jugadas dignas, aseadas, de pases limpios a ras de hierba, y luego una más, en la que Carmona envió el remate muy alto, y otra más, de Pablo Pérez, que atrapó el portero. Y ya finalmente, de nuevo PP, elgantísimo, progresó por la derecha y colocó un pase envenenado al palo contrario. Se había desmarcado bien Sanabria, pero no llegó al balón, que se perdió por la línea de fondo. Cantaba El Molinón. Ahí, en esos momentos, pudimos tal vez haber ganado el partido. Pero no conseguimos el gol y unos minutos después cayó el balón en la esquina de  Nolito. Cayó en el Nolito' s corner, y, ahora sí, nos marcó un gol como una puñalada. Pareció fácil, pero no debe de serlo.

Como siempre que recibe un gol, no bajaron los brazos los nuestros. Pero el maestro ya no nos dejó participar más.


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